Tenedores de deuda en la playa
De pequeño iba yo a la playa con un cubito y una pala. Inocentemente construía castillos de arena que protegía con fosos y murallas trazados con la solidez y enjundia que mi infante condición me permitía. A la primera ola grande desaparecía todo ante mis narices y recuerdo que ya por entonces me preguntaba yo indignado por la endeblez de la materia, la fugacidad del tiempo y las ondulaciones en general.
Ya de mayor, de bastante mayor, abandoné el cubito y la pala y me dediqué a la caza de la turista nórdica, con idénticos resultados; esto es, la turista solía desaparecer enseguida ante mis narices y ahí me quedaba yo, como antaño, preguntándome indignado por la endeblez de la materia, la fugacidad del tiempo y las ondulaciones en general.
Hace años las playas de España, en verano, se llenaban de turistas patrios y de turistas extranjeros. Hoy en día el turista patrio prácticamente se ha extinguido. De vez en cuando te topas con algún ejemplar, al cual reconoces por las ojeras, la delgadez y la incipiente chepa y, casi sin presentarte (pues también te reconoce a la primera), le dices “¡Cómo está la prima! Y él al punto te responde “¡Desbocada! Y ya cada cual prosige cabizbajo su camino por la templada orilla.
Turistas extranjeros tampoco quedan o, al menos, yo ya no los veo así. En los cuerpos lechosos de la gente rubia y pelirroja que se cuece bajo nuestro fiero sol ya sólo veo “tenedores de deuda”. Hablan alemán, francés, holandés o finlandés y cada vez que una familia de estos tenedores de deuda pasa a mi lado, me abrazo fuertemente a mi sombrilla, mi mochila y mis alpargatas para que no me las embarguen. Paso mucha angustia.
Algún día, pronto, tendré que abandonar mi querida playa. Ya no podré meditar al son de las olas sobre la endeblez de la materia, la fugacidad del tiempo y las ondulaciones en general. Sólo podré cagarme en los atroces políticos que nos han dejado a todos ojerosos, flacos y chepados.



