Torreón: Parras, Flor del Desierto _ texto y fotos: Ilán Rabchinskey
Cámara en mano, Ilán Rabchinskey nos lleva por los parajes de este Pueblo Mágico, en una travesía de aventura, asombro y deleite.
Los secretos de la sierra, el sabor único de uno de los viñedos más antiguos de América y una sorprendente historia viva convierten a Parras de la Fuente en un oasis en medio del desierto. Mi recorrido por esta ciudad me convenció de que es un gran sitio para dedicarle unos días.
Cada piedra narra una historia
Los contornos de las montañas se alzan como las espaldas de enormes bestias marinas contra el cielo deslumbrante e interrumpen bruscamente el paisaje blancuzco. Absorto por la austeridad de la escena, me pregunto qué encontraré al llegar a Parras. He escuchado historias sobre ese mítico valle a medio camino entre Saltillo y Torreón; sobre su improbable carácter de tierra generosa que brota en medio del desierto. Ahora, es tiempo de verificar esas historias.
Lo primero que hice fue ir al corazón simbólico de Parras: El Santo Madero. Esta pequeña capilla, construida en la cima del cerro del Sombreretillo, vigila al pueblo desde lo alto. Aquí, los indígenas irritilas realizaban ceremonias y mitotes, por lo que los jesuitas colocaron una cruz de madera para acabar con sus actividades paganas.
Para conocer más a fondo las raíces del pueblo, me reuní con Adrián Sánchez, guía experto y ex director de turismo de Parras. Mientras caminábamos, Adrián me platicó sobre la vida y obra de algunos parrences. Fascinado por la charla, llegamos sin que me diera cuenta al Estanque de la Luz. Este enorme depósito de agua, construido a mediados del siglo 19, es uno de los lugares que dan importancia histórica al pueblo y es parte de su compleja red de acequias, acueductos, túneles y estanques, todo un sistema de aguas que lleva este líquido desde los cerros hasta los campos y sembradíos. Fue aquí donde, por invitación de su amigo don Evaristo Madero, abuelo de Francisco I. Madero, Thomas Alva Edison realizó pruebas para mejorar la bombilla eléctrica. Así fue como Parras se convirtió en uno de los primeros poblados de América en contar con iluminación eléctrica.
Intrigado por estos descubrimientos, comencé a sentir la magia de estas tierras y apreté
el paso para llegar a Mundo Vaquero y continuar, ahora a caballo, con la exploración del valle. Nuestro guía, Benjamín Rendón, nos condujo hasta los campos de nogal que rodean el pueblo. Aquí, a la nuez se la conoce como “oro café”, su producción data del siglo 19 y es parte fundamental del paisaje y la vida del lugar.
Seguimos avanzando hasta que nos encontramos frente al casco de una antigua hacienda. Nos detuvimos y contemplamos la escena: el sol se ocultaba, delineando violentamente las ramas de los nogales contra el cielo encendido. De repente, Benjamín dijo: “Ésta es la Hacienda de los Torreones, la más vieja de por aquí. Dicen que en el cuarto del fondo durmió Pancho Villa cuando pasó por acá”.
Lo que dejaron los antiguos
La mañana era perfecta para adentrarse en la sierra. Fernando Silva, mi guía, pasó por mí en su jeep y pronto transitábamos por polvosos caminos que nos llevarían a descubrir parte del misterio de estas tierras. Nos estacionamos junto al camino y comenzamos a subir el monte por un sendero pedregoso. Unos metros más adelante descubrimos la primera de muchas marcas labradas en la roca. Fernando me comenta que fueron hechas hace miles de años por tribus chichimecas y que su significado exacto es aún desconocido. Por momentos, estos símbolos asemejan manos, agua, animales, la tierra misma… incluso, criaturas fantásticas.
Experto en turismo de aventura, Fernando conoce cada rincón de la sierra, así que no dudé cuando recomendó el Cañón de la Lima como escenario de nuestra siguiente aventura. Tras caminar un rato, altas paredes de roca azulada comenzaron a cerrase cada vez más hacia nosotros. Pronto, atravesamos pozas de agua helada que nos llegaba a las rodillas y trepamos para sortear obstáculos, abriéndonos paso entre las rocas. Tres kilómetros más adelante encontramos las raíces de un gran árbol sostenidas entre las paredes, como si algún gigante las hubiera acomodado cuidadosamente ahí.
El cielo se teñía de lila y anaranjado, pero aún había tiempo para una excursión más. Regresamos al jeep y fuimos directo al “fuque”, río subterráneo de origen incierto. Descendimos una escalera vertical y, mientras el frío y la oscuridad se intensificaban, empezamos a caminar. Pasamos por una “lumbrera”, un respiradero que llega hasta la superficie. En su tenue luz hay que detenerse para observar las sorprendentes formaciones de calcio en las paredes. Quizá aún mas recomendable es llegar hasta el
fondo del fuque, apagar la linterna y permanecer largo rato ahí, en las oscuras entrañas de la tierra, escuchando el agua que brota de la roca.
Tierra, música y uvas
Tras la intensa actividad del día anterior, la mañana invitaba a ocupaciones más consentidoras, así que decidí visitar las bodegas y viñedos que dan su nombre al pueblo. Primero fui al hotel Antigua Hacienda de Perote a conocer los viejos tanques de fermentación donde los trabajadores pisaban las uvas mientras hombres solemnes tocaban el arpa.
La segunda parada fue en El Vesubio, fundado en 1891 por el italiano Nicolás Nocolielli. Esta bodega es un interesante ejemplo de los procesos tradicionales que se utilizan hasta la fecha. La siguiente visita fue a Rivero González, la bodega más nueva del país, que ofrece tintos bien balanceados.
Estas tres visitas fueron el prólogo a la última y más impactante: Casa Madero. Las bodegas más antiguas de América (fundadas en 1597) son una joya tanto por su deslumbrante historia como por la belleza y carácter de la hacienda que las alberga. Hay que admirar el corredor cubierto de parrales, las enormes barricas y los antiguos alambiques de cobre. Antes de catar su Gran Reserva Shiraz, platiqué con el enólogo Francisco Rodríguez González. Cuando le pregunté si era cierto que ha recibido más de 350 medallas por las etiquetas que ha creado en Casa Madero, sólo respondió: “Eso es lo de menos; el vino habla por sí mismo”.
El aromático gusto del vino persistía en mi boca cuando subí al auto para regresar a Torreón. De la misma manera, el delicioso sabor de Parras se había fijado en mí: su historia, la belleza del desierto y la autenticidad de sus bodegas permanecerán en mi memoria mucho después de que el recuerdo del shiraz se haya ido de mi paladar.
+ info
- Oficina de Convenciones y Visitantes de Parras / www.ocvacuna.com/municipios.htm (842) 422-0259
- Rincón del Montero / www.rincondelmontero.com
- Hotel Antigua Hacienda de Perote / antiguahaciendadeperote.com
- Mundo Vaquero / Mina 11, Centro, (01 842) 100 6178




